Variaciones del paisaje

Por Maeva Peraza

La obra paisajística de Antonio Espinosa (Cuba, 1974) se construye desde la evocación, desde una aglomeración de sentidos que trasciende los logros visuales. Sus paisajes se orientan a una metafísica que podría calificarse de existencial, en ellos la ausencia de color y el sentido de desolación crean un universo simbólico donde es ostensible una documentación otra de la realidad y un fértil diálogo con la estética de reconocidos artistas como Mark Tansey y Tomás Sánchez.

Pero el trabajo de este creador no solo se orienta al bucolismo paisajístico, su quehacer también focaliza hechos sociales a partir de una manipulación ideológica y contextual, utilizando recursos como la personalidad de líderes históricos de procesos sociales cubanos y matizando sus acciones y palabras. En este sentido, Espinosa sujeta los discursos políticos y los extrae de su circunstancia, haciendo evidente la fragilidad de las ideologías y su susceptibilidad al equívoco. Estos tópicos no constituyen necesariamente un cambio dentro del corpus de su obra, pues el artista los inserta con coherencia en su producción, que curiosamente se permite evadir la realidad y a su vez poner en la mira un macrocontexto que retoma alternativamente; ya sea como un recurso de ironía o con una voluntad de maximizar la debilidad de base de la pirámide gubernamental.

Su reciente muestra personal en la Galería La Suite de Barcelona, ilustra estos intereses relativamente nuevos en su creación y supone un punto álgido dentro de las presentaciones que el artista realizó en Cuba y en el extranjero durante el 2014. La exhibición combina una variedad que formatos que incluyen instalaciones, fotografías, dibujos, acuarelas y lienzos, donde cada pieza emerge como una microhistoria encaminada al examen de situaciones puntuales de la contemporaneidad. Otra de las distinciones de la exposición es el interés por el objeto, ya sea en su representación, como en toda la carga simbólica que este puede aportar. De ese modo sellos, libros, golosinas y envoltorios de medicamentos devienen recursos para reflexionar sobre la alienación, la omnipresencia del poder y la pertinencia del consumismo en la era moderna.

La obra Sujeto colectivo, ilustra esa intención del autor de hablar desde lo “otro”. El tríptico persigue, a partir de la visibilización y la multiplicidad, mostrar una consecución de estados psicológicos en los que el ser humano anula su individualidad, para sumirse en una entropía comunicativa. Los objetos retratados, son solo un pretexto para adentrarnos en procesos como la alienación y la conformidad, comunes en una sociedad que Antonio Espinosa desea que reconozcamos.

Del mismo modo, el conjunto Renuncia y ambigüedad, aboga por la exposición de ciertos lemas o himnos patrióticos, pronunciados en ingentes discursos y concentraciones públicas. Frases como: «…mi primera obligación», «…muchos años de lucha», «…la obra revolucionaria»; son antecedentes con los que el artista alude a períodos históricos y conflictos sociales, que derivaron en una fractura de los órdenes precedentes. La historia que evoca el artista a través de las obras exhibidas, resulta tan íntima como plural; se trata de un producto de la memoria colectiva, donde el espectador reconoce su propia historia; pues los relatos se abren para que el receptor complete su significación, a partir de la memoria, de la remembranza.

En este sentido la pieza Historia resume las interrogantes de Espinosa en torno a la universalidad de la historia y la singularidad de sus relatos. El artista aprovecha la grafía de la palabra para (re)construir un concepto de historicidad de mayor apego al contexto cubano. La suerte de librero que simboliza la pieza, en afán instalativo, alberga libros referentes a la historia de Cuba y sus máximos gestores. Se trata, en este caso, de la unión aparentemente feliz de títulos reconocidos y avalados por el Estado y de otros, que responden a un discurso diferente, escritos por los “detractores” o disidentes del régimen. Antonio Espinosa deja entrever la variabilidad de toda construcción histórica en tanto construcción ficcional; de ahí que estas reescrituras resulten imprescindibles.

Un gusto por lo onírico se mantiene en los paisajes que presentó el artista en esta ocasión. Asistimos en ellos a la monocromía de botes encallados entre las nubes, solitarios; que no llegan ni van a ninguna parte. El artista transpola así el motivo del viaje, pero no se trata de un viaje físico, sino del viaje espiritual que realiza todo ser humano en su recorrido vital. El mar es para Antonio Espinosa una metáfora del todo y de la nada, que ha marcado y condicionado la historia de la nación a partir del intercambio, el viaje, el éxodo.

De esta manera el creador acerca esos dos caminos que se perciben en su obra. Sus variaciones responden a una visión personal de todo lo circundante, a una interrogación incansable nutrida por el conocimiento de esas “dos naturalezas” que el artista refleja incesantemente.