Nostalgia de espacio…

Por Modesto Díaz Serpa

Antonio Espinosa casi consigue domesticar la Historia, aunque supongo que tampoco es lo que persigue en sus citas simbólicas. 

“La Historia es larga, la vida es corta” exposición personal en la Galería Villa Manuela (diciembre 2013-enero 2014), introdujo al artista en el panorama de las artes visuales cubanas luego de década y media de radicación y trabajo en el extranjero. Sin embargo, Espinosa aterrizaba con una delicuescencia  admirable sobre una plataforma resbaladiza. Ya el título mismo anunciaba intenciones, y en efecto, las referencias de otros contextos le permitían abrirse camino en estudios comparados de conceptos inherentes a escenarios políticos del mundo.  Desde entonces, el artista desemblematizaba una serie de insignias patrióticas encriptadas en la memoria colectiva postrevolucionaria. La acumulación, desde la simulación del dibujo o la impresión digital, marcó pautas en registros visuales de ascendencia instalativa. Cierto aire compulsivo se advertía en los hacinamientos de Antonio, como quien no sabiendo distinguir se dilapida en la sobredosificación ideológica. Algo así como cierta dolencia (que debe ser tratada, además)  en el rizoma etimológico de ciertas categorías.

Sus más recientes trabajos, en la misma línea de la insubordinación pasiva ante construcciones oficiales de información, consolidan la mirada del artista ya no tanto en torno a la Historia como a la intrahistoria. Se necesita perspicacia en un gesto de desconstrucción visual semejante. Pero a la larga, A.E escoge el camino más eficaz, el del convencimiento pleno de que no existe un relato más convincente que del que somos testigos. En tal sentido, la alusión constante a singularidades políticas y socio-culturales del patio hace que su obra active mecanismos para un examen de mayor anchura. 

Intersubjetividad, uno de los conceptos más sugestivos que sostiene gran parte de esta nueva producción, comprende un espacio compartido para la revizitación de nuevos conceptos y significados en la memoria histórica de una comunidad determinada. Participar de la intersubjetividad presupone la consolidación de una plataforma común que comparten los distintos sujetos en torno a la mutua comprensión y la correspondencia del accionar y el pensamiento. De tal suerte, la construcción social de determinados conceptos y significados nunca dejan de transformarse en el afán del consenso humano.

En el pensamiento de los teóricos Alfred Schütz y Max Weber, se reconoce la importancia de la comprensión del sentido de la acción humana para la explicación de los procesos socio-históricos. Para ambos, la sociedad es un conjunto de personas que actúan en el mundo y cuyas acciones tienen sentido; y es relevante tratar de comprender este sentido para poder explicar los resultados del accionar de los sujetos. Cuando esto no sucede (tal comprensión) se producen tensiones de todo tipo, y la intersubjetividad constituye un espacio de quiméricas presunciones. Antonio Espinosa comprende en la ausencia del consenso humano un espacio determinante para el arte: una intersubjetividad de nuevo tipo. En este, un espacio no de estricta comunicación pero si de necesarias sensibilidades, se subvierte la “comprensión” como método específico y el artista logra trasladarse hasta la génesis cuasi etimológica una vez más de conceptos que nos definen como seres sociales. Antonio se expande esta vez y alcanza en sus más recientes trabajos una universalización de las temáticas y conceptos que esgrime, no por ello ausente de su contexto más inmediato (Cuba). Propone entonces un contrapunteo entre  elementos de la historia nacional, el espectador histórico que constituye como ser social y universal que es, y una nueva nomenclatura estética en la que se advierten referencialidades de toda índole. 

“Jardín de la Delicias”, una de las piezas de mayor relevancia en el conjunto, propone un tríptico de impresiones digitales con fuertes potencialidades instalativa. Un conjunto de flores que conforman vocablos prácticamente ininteligibles. La seducción de formas hipnotizadoras esconde la subversión de contenidos de indudable vigencia pero de dudosa implementación en todas las sociedades. Y en este punto A.E realiza una de las peregrinaciones estético-conceptuales más interesantes de su trabajo. Si bien Luis Camnitzer ha fundamentado con creces que la calidad artística no es objetiva sino contextual, en presencia de obras como “Jardín de la Delicias” tal sentencia da margen a dudas. Se hace difícil un arte como parte de la política y que al unísono evoque contextos originarios y universales. En este caso, la paradoja de lo contextual original y lo hegemónico en una misma obra pone de relieve un lenguaje visual definitivamente absoluto y eterno. DEMOCRACIA, POLÍTICA y LIBERTAD, nunca anunciaron una primavera de tamaño pesimismo. 

“Fechas después de On Kawara”, una vajilla celosamente seleccionada en el proceso de la obra, fabrica una cronología en la que la Historia no es sino su negación misma. El artista se sienta a la mesa y en el banquete de sucesiones históricas nacionales se sirve aquellos que vislumbran la irregularidad de relatos sólidos y otros no tan firmes. “La imposibilidad de ser organizados”, “Tríptico soñado”, así como “Aguas Territoriales”, materializan series que desde el punto de vista metodológico el artista ha trabajado con anterioridad. Un virtuosismo técnico inherente a los de su generación (los noventa) se impone a través del dibujo y un nuevo concepto de INSULARIDAD emerge de marinas cándidas en su visualidad, categorías ceñidas a la definición político-geográfica que nos define (PAÍS, NACION, ISLA), o un nuevo tipo de consumismo ideológico (CHANGE). 

Antonio Espinosa fabrica en lo camaleónico de sus soportes un nuevo paisaje socio-político en el panorama de las artes visuales cubanas. Definitivamente procesos cognitivos reflexivos ante el vitalismo moralizante vago.