La esencia de los objetos

Por Maeva Peraza

Decía Roland Barthes que la fotografía captura y repite lo existencial, pues necesita de lo real con su expresión infatigable, en este sentido aprehender múltiples contextos significaría traducirlos y reinterpretarlos en la veracidad de la documentación. Antonio Espinosa conoce esta distinción y la aprovecha en obras donde los objetos no solo nos conectan con una realidad particular, pues también suplen a los propios seres en el afán del artista por demostrar cuán mediatizada y fragmentada se vuelve la contemporaneidad.

Si bien su acercamiento al universo fotográfico es reciente, debe señalarse la madurez de su propuesta y el diálogo orgánico que establece con el resto de su producción. No encontramos aquí el gusto por el historicismo fotográfico de muchos artífices, ni la ausencia de color que distingue su obra pictórica; por el contrario, asistimos a piezas con un cromatismo y una dinámica que remeda la visualidad Pop, donde el concepto de concentración ocupa un lugar fundamental. La acumulación de objetos de diferente naturaleza, evidencia el gusto del creador por las aglutinaciones, por llevar a la imagen una carga de sentidos e interpretaciones que en última instancia la convierten en un microuniverso. 

Por su parte, el tríptico Sujeto Colectivo llama la atención sobre determinados factores que aluden a una colectividad mediatizada y fragmentada. De forma independiente, las tres partes de la obra: Alienados, Sugestionables y Conformidad anuncian con agudeza las carencias de un sujeto que no se exterioriza en las obras, pero al cual se alude constantemente. Sellos conmemorativos, medicamentos y golosinas parecieran las fases de un estadío que conduce finalmente a la enajenación. Una masa sin nombre subyace en estas acumulaciones, donde los objetos pactan la sustitución de lo humano en tanto son reflejo de nuestras apetencias.

De la misma forma, la serie Estudio para un jardín paulista aboga por la contingencia de lo plural evidenciando que el artista no esconde sus referentes. En este caso las piezas interactúan con el plasticismo de Piet Mondrian y las imágenes son articuladas del mismo modo que el holandés conformaba sus rectángulos de color, pero en este caso son las flores quienes dictan la forma. Asimismo, el conjunto El jardín de las delicias también utiliza motivos florales, pero se trata de plantas en desuso, las cuales han abandonado su función habitual de embellecer; de esa manera se conforman palabras de carácter polémico como Democracia, Política y Libertad, que se construyen a partir de lo supuestamente desechable e inservible, aludiendo al estatismo de los órdenes que definen la situación actual.

Pero el gusto por utilizar la grafía como arquitectura de la obra no es exclusivo de esta serie, existen otras piezas que mantienen dicha operatoria. Revolución y Resistir manipulan palabras a las cuales se agregan nuevas acepciones; en la primera, los sellos conmemorativos que otrora eran entregados en actividades oficiales, vienen a cuestionar la pertinencia de un proceso donde los lazos de dominio se establecen mediante una constante regresión al pasado. Mientras, en la segunda, el acto de permanecer está asociado a la pérdida de autoconciencia producida por los narcóticos, como si la tolerancia estuviera signada por obviar el control en todas las esferas cotidianas.

Estas imágenes, explícitas o sintomáticas de una realidad, no requieren de la declaración de un contexto puntual; ellas son por sí mismas perspicaces y reveladoras, por ello comunican desde la sutileza, desde la esencia de los objetos.